Aprender a utilizar el refuerzo positivo

Aprender a utilizar el refuerzo positivo

Se entiende por refuerzo positivo la consecuencia agradable que se obtiene tras realizar una conducta.

Este tipo de refuerzo provoca que aumente la probabilidad de una conducta, es decir, conseguimos que la conducta reforzada se repita en el futuro. El refuerzo tiene mucho poder y sin darnos cuenta, en el día a día, reforzamos conductas no deseadas. Por ejemplo, cuando los niños tienen una pataleta les hacemos más caso que cuando nos quieren enseñar algo que han hecho o cuando quieren jugar con nosotros… por lo que es muy posible que, al final, los niños aprendan que van a ganar más atención de sus padres portándose mal.

El refuerzo puede ser de varios tipos:

Social: comprenden expresiones verbales positivas como elogios, alabanzas, frases de ánimo (“muy bien”, “has hecho un trabajo excelente”, “estoy muy contenta por lo bien que te estás portando”); expresiones faciales (sonreír, guiñar un ojo, mirar…); contactos físicos (abrazos, besos…) u otras conductas (escuchar con atención, caminar juntos…).

Material: Productos consumibles (golosinas, frutos secos, bebidas, postres…) o manipulables (juguetes, balones, videojuegos …).

De actividad: la realización de una conducta que es placentera para el niño (ver la televisión, jugar a un juego, ir con los amigos, ir al cine…).

Los refuerzos materiales y de actividad son los más potentes y hay que usarlos en los primeros momentos del aprendizaje de una conducta. Sin embargo, siempre deben ir acompañados de un reforzador social, con el fin de que, con el paso del tiempo, se pueda retirar el reforzador material y de actividad, de manera que sea el reforzador social el que mantenga la conducta.

Factores a tener en cuenta si se utiliza el refuerzo:

Explicar al niño la conducta por la que está siendo reforzado. Por ejemplo, “Estoy muy contento porque me has dejado hacer la cena tranquilamente”, “Estoy orgullosa de ti porque has entendido que necesitaba descansar y me has dejado”.

Inmediación del reforzamiento: una recompensa o refuerzo es más eficaz si se aplica inmediatamente después de la conducta que queremos reforzar. Por ejemplo: ante el recibo de un obsequio por parte de un amigo, resultaría mucho más efectivo reforzar esa conducta con un gracias de inmediato, que con retraso, ya que de lo contrario, al niño le costará asociar la conducta con la recompensa o refuerzo.

Frecuencia: en las primeras fases, el refuerzo, debe aplicarse de forma continua, es decir, cada vez que el niño manifieste la conducta. Por ejemplo, cuando en clase, un alumno levanta la mano para dar su opinión, el profesor siempre pronuncia su nombre dándole la palabra y dirigiendo la mirada hacia él para que sepa que le está prestando su atención.

Motivación: en los primeros momentos, es importante que al niño le sea fácil obtener el reforzador con el fin de que se implique más en la realización de la conducta. Es preciso que consiga mucho refuerzo con muy poca conducta.

Pasos: cuando el comportamiento que queremos enseñar al niño se trata de una conducta compleja para él, no hay que esperar hasta que la conducta se realice en su totalidad, sino que es mejor reforzar cada uno de los pasos que la componen. Por ejemplo, si queremos que un niño se lave los dientes solo, podemos reforzar que coja el cepillo de dientes solo, que ponga la pasta de dientes, que lo moje, que lo meta a la boca, etc. Iremos reforzando cada aproximación que haga a la conducta deseada.

Intermitencia: una vez que la conducta está aprendida y se da con cierta frecuencia, conviene dejar de reforzarla de forma continua y pasar a reforzarla de forma intermitente, es decir, no todas las veces que se da la conducta, tan solo cada cierto tiempo.